A propósito del paso de Bad Bunny por Chile y la censura de las cuentas de la muestra internacional de cine y placeres críticos, Excéntrico, junto a este querido y osado nuevo medio, Vieja Verde, estuve recordando una columna que me censuraron otros medios de este país, uno con el cual colaboraba frecuentemente y otro que al parecer prefiere a la elite en sus artículos.
Esta columna la armé en abril o mayo cuando el soñado Señor Calvin Klein (CK), mostró al mundo la más absoluta sensualidad de Bad Bunny y sin pedir permiso a nadie. Sí, el ícono del trap y reggaetón prácticamente al desnudo en todas las plataformas, promocionando ropa interior en una actitud completamente “erótica”.

No sé si será por los algoritmos o porque hubo consenso general sobre la buena idea que tuvo el señor CK, pero no escuché ni leí a alguien hablando sobre la cosificación del cuerpo masculino o cuestionando hasta cuándo se van a promover los estándares de belleza occidentales con cuerpos extremadamente tonificados, menos aún abordando lo “pornográfico” del video y, evidentemente, es aquí donde quiero detenerme. Sí, el video que circula en todas las plataformas sin censura alguna y, al contrario, está completamente masificado en Instagram y otras redes sociales (porque es evidente la tracción que genera en el mundo), es bastante pornográfico, o el menos erótico, soft porn si o si… definitivamente cuestionable para un algoritmo que censura en base a la “intención sexual”, explícita e implícita.
No escuché ni leí a alguien hablando sobre la cosificación del cuerpo masculino o cuestionando hasta cuándo se van a promover los estándares de belleza occidentales con cuerpos extremadamente tonificados, menos aún abordando lo “pornográfico” del video.
Y es que estamos acostumbrados al softporn o softcore, porno suave, en las plataformas y realmente, ¿alguien podría negar que el video tiene algo porno? Según el alma matter de la lengua española, la RAE, pornografía es aquella: “Representación explícita de actos sexuales que busca producir excitación”, pero la realidad es más compleja que las definiciones y es importante aclarar que acá abordo el concepto desde las pornografías críticas o, al menos, ética. Jamás podría escribir o trabajar desde el porno que dañe la integridad de las personas, ignora a las disidencias sexo-genéricas y contribuye a la misoginia.

Entonces, si entramos en las explicaciones más teóricas sobre pornografía, encontraremos que el video incluso sobrepasa el softcore, caracterizado según Edith Peña Sánchez, doctora en antropología de la UNAM, como “la expresión gráfica del cuerpo que integra desnudos parciales del cuerpo femenino y masculino, pero no incluye primeros planos de los genitales ni de prácticas sexuales…”, y como todos vimos esos primeros planos, podemos concluir que el video roza la categoría del mediumcore: “expresión gráfica del cuerpo que integra desnudos totales y primeros planos de genitales, pero no prácticas sexuales explícitas”. Sí, así de PORNO es el video de Bad Bunny e insisto, circula por todas las plataformas porque se encuentra maquillado de la exquisita palabra: “erotismo”, ya que al parecer solo estimula la sensualidad, pero esos planos muestran mucho más y todas/os lo vimos.
El video de Bad Bunny no es un problema en un mundo cosificante acostumbrado al cuerpo como un ente erótico que motiva al placer de formas desbordantes en televisión abierta, en series de televisión y en películas. Pero sí pareciera ser que, por lo bajo, incomoda cuando lo vinculamos al mundo del arte de performance o cuando trabajadorxs sexuales desean publicar en redes sociales y eso sí es un problema, porque habla de un sistema completamente desigual, censurador y discriminatorio, podríamos decir misógino igual, pero esa discusión ya se ha dado bastante por el tema de los pezones en redes, que gracias a “free the nipple” ha dado vueltas al mundo.

Entre mis amigas y compañeras de trabajo, performistas y/o trabajadorxs sexuales cuyo contenido en redes también se acerca al mediumcore; e incluso, mi propia cuenta de Instagram donde abordo las exposiciones que realizamos, estamos todas baneadas y el algoritmo nos trata de eliminar y negar constantemente, al punto que para encontrarnos deben escribir el nombre de nuestra cuenta perfecto, darle a buscar y luego a cuentas y ahí, recién ahí aparecemos. Quiero decirlo, pasa también con obras de performance que ¡ni siquiera se vinculan a la pornografía!
Incomoda cuando lo vinculamos al mundo del arte de performance o cuando trabajadorxs sexuales desean publicar en redes sociales y eso sí es un problema, porque habla de un sistema completamente desigual, censurador y discriminatorio, podríamos decir misógino
Para que no me malinterpreten, concuerdo con el meme que me apareció en Instagram a las pocas horas del lanzamiento del video diciendo: “señor Calvin Klein, gracias por su servicio a la humanidad”, su idea fue brillante, porque además nos permite agarrarnos de un tema entretenido para problematizar realidades y ver las diferencias frente a los contenidos y los prejuicios personales frente al trabajo de las y los demás, porque tal como señaló Andrés Barba y Javier Montes hace poco menos de 20 años atrás: “El arte promete: desordenar lo que aparece como insoportablemente ordenado, complicar lo que se muestra desesperantemente simple. El porno promete ordenar lo que aparece desordenado, simplificar lo complejo, ‘el arte promete la disolución del tedio. El porno promete la disolución en el tedio’, y aún así vemos obras de arte, cuentas de festivales y de medios de comunicación, censuradas y eliminadas, pero quizás es porque seguimos insistiendo en hacer uso de una plataforma que ventila a cuatro mares su repudio al contenido sexual y no nos abocamos a aquellas más rudas que sí aceptan estas formas, como BlueSky, X y, por supuesto Telegram. El llamado es a que, esta comunidad que ama el porno, se mueva, dé un giro hacia estas otras redes y así podamos publicar libremente lo que queremos ver y mostrar; y a las comunidades anti-porno (francamente), es a que revisen su hipocresía y las formas que tienen de canalizar el deseo por la carne y el cuerpo.