Cuando no rezar te salva

En su novela “Esto no es una oración”, Carmina Asunción instala la voz de una niña en un Santiago católico y vigilante de los años 90, donde crecer implica negociar con la culpa, el silencio y la resistencia.

Hay libros que entran directamente a la memoria corporal. Este es el caso de “Esto no es una oración”, que se construye a partir de una prosa poco ambiciosa o arrogante y que, precisamente por eso, resulta incisiva. Escarba en la nostalgia y sabe transportarnos a un momento específico sin recurrir al embellecimiento onírico. Es una novela concreta, donde lo perturbador emerge en lo cotidiano, en el miedo administrado como pedagogía, en la socialización de la culpa y en el silencio instalado como política doméstica. 

La historia se abre a través de los ojos de Lucrecia, una preadolescente que estudia en el colegio católico La Santísima Trinidad, en Santiago, mientras el país ensaya su transición hacia la democracia. En la calle se habla de futuro, conectividad y progreso. Pero puertas adentro, los rituales permanecen intactos. Los uniformes planchados, los rezos obligatorios y las normas disciplinarias funcionan como extensión simbólica de un orden mayor, uno del que Chile, pese a la sensación de libertad que intenta demostrar, pareciera aún no emanciparse.

Es una novela concreta, donde lo perturbador emerge en lo cotidiano, en el miedo administrado como pedagogía, en la socialización de la culpa y en el silencio instalado como política doméstica. 

Frente a esto, la novela nos muestra cómo la autoridad moral se reproduce en la vida cotidiana, de qué manera se condiciona la autocensura. Porque en este escenario, no hay castigos grandes, sino una sistematización que muchas veces parece inofensiva, pero que va construyendo una verdad a la que hay que saber tener miedo.

Este texto evita el dramatismo monocorde. Carmina, su autora, introduce el humor con sutileza y, por momentos, con una precisión incómoda que revela lo absurdo del orden. En espacios vigilados y controlados se filtran la risa, la curiosidad y la inocencia. A veces la resistencia no tiene que llegar como una rebelión. A veces, simplemente, es una mirada cómplice o una pregunta en un momento poco oportuno. 

Ella, como muchas personas de esa generación, aprende a nombrar el mundo desde el instinto antes que desde la autorización y eso la vuelve contestataria.

En ese terreno emerge uno de los aspectos más sensibles del libro: el despertar lésbico de Lucrecia. No aparece como trauma ni dilema moral, sino como un reconocimiento íntimo y natural. No hay escenas de culpa ni tribunales internos. Hay descubrimiento, afinidad y cariño. Existe una forma honesta de encontrarse en los ojos de otra persona, sin necesidad de nombrarle de inmediato. En un entorno saturado de pecado y vigilancia, ese espacio no se vive como desviación, sino como una verdad que simplemente existe. Ese hallazgo es refugio. El único lugar donde no necesita permiso. Y esa naturalidad constituye, en sí misma, un gesto político.

Esto vuelve a Lucrecia una figura inesperadamente heroica, aunque ella nunca se piense de ese modo. Esa leve desalineación, que implica no encajar del todo, la convierte en un personaje incómodo dentro del orden establecido. Ella, como muchas personas de esa generación, aprende a nombrar el mundo desde el instinto antes que desde la autorización y eso la vuelve contestataria.

Porque convengamos algo: la dictadura hizo un muy buen trabajo en instalar el miedo a discutir, disentir o incluso pensar en voz alta. Y en esa pedagogía del silencio es donde emerge esta infancia que intenta ser modelada mientras lo único que desea es aprender a crecer. Es en esas fisuras donde se filtra la imaginación, el humor y los afectos. La novela explicita que la disciplina puede organizar la conducta, pero jamás domesticar el deseo ni la curiosidad.

La novela incomoda mientras invita a sonreír con los detalles

De forma aún más aclaratoria, los capítulos llevan por título cada uno de los Diez Mandamientos, un dispositivo narrativo que permite observar cómo esos preceptos son descubiertos, cuestionados o interiorizados a través de Lucrecia, conduciendonos a resignificar nuestra propia experiencia. Lo normativo deja de ser abstracto y se vuelve vivencia, revelando cómo los mandatos morales se inscriben en el cuerpo y en la memoria afectiva.

La novela incomoda mientras invita a sonreír con los detalles; a pensar en las culpas que naturalizamos; en las estrategias silenciosas que las minorías inventan para sobrevivir. Tal vez por eso, después de leerla, ciertos gestos cotidianos la traen de vuelta. Su narrativa recuerda que la infancia no desaparece. Permanece como una capa interna desde la cual seguimos mirando el mundo. Funciona como un espejo que permite reconocer esas huellas y hacer las paces con ellas.

Desde el inicio, “Esto no es una oración” instala una paradoja que atraviesa toda la novela. La doctrina y la verticalidad se presentan como promesas de redención y orden, como un camino hacia lo elevado. Sin embargo, aquí no hay ascenso ni trascendencia. Lo que se impone es el cuerpo, la memoria pegada a la piel, la experiencia concreta que desarma cualquier intento de abstracción.

La oración, entendida como elevación, queda desplazada por algo más incómodo y más verdadero. La novela nos devuelve a lo terrestre, a lo íntimo, a aquello que fue vivido antes de ser explicado. En ese movimiento, el libro sugiere que la verdadera revelación no ocurre en la obediencia ni en la pureza, sino en la capacidad de reconocer lo que fuimos bajo el peso de la norma y, aun así, nos mantuvimos.

Tal vez por eso su lectura no se termina al cerrar el libro. Se mantiene como una vibración baja que obliga a mirar de nuevo la propia infancia, los miedos heredados, los gestos mínimos que construyeron la resistencia. Y en ese reconocimiento silencioso, algo se ordena distinto.


“Esto no es una oración” fue editado por Invertido Ediciones.
Se encuentra disponible en librerías y Buscalibre.