Del Utopía y otras memorias

¡Ay! la nostalgia que hace al tiempo superponerse y donde aquello que se vivió se revive. Recuerdo caminar por estas calles del centro de Santiago en los 2000, y en ese momento recordar la infancia; la adolescencia interrumpida por la mala vida y las malas costumbres. O mejor dicho, por la buena vida y las buenas costumbres. Hace poco me preguntaron qué cambiaría de mi juventud, solo respondí que aquella normalización de la violencia y el dolor. La fiesta, las drogas, el alcohol, lxs amores, sí, eso lo mantendría intacto.

El Parque Forestal en esos años se llenaba de puestos donde vendíamos ropa, comida, jugos, brownies de marihuana y sonaban los tambores mientras las cervezas corrían de mano en mano. Eran actividades tranquilas, llenas de gente disfrutando una tarde en el Forestal. Con besos furtivos o coqueteos con lxs puesteros del frente… Toda la juventud en la calle gastándose los pesos que sobraron del carrete de la noche anterior. Ni caña había. 

Nada mejor que entrar al Museo (MNBA), ver las exposiciones y tratar de entender qué era lo que se tenía al frente, cuando aún no se entendía lo que hay en el interior o, mejor aún, en el propio cuerpo.

 Marinello Kairath, Juan Domingo, 1948- Memoria Chilena

¿Y en la semana? Nada mejor que entrar al Museo (MNBA), ver las exposiciones y tratar de entender qué era lo que se tenía al frente, cuando aún no se entendía lo que hay en el interior o, mejor aún, en el propio cuerpo. Eran tiempos rudos, la homosexualidad aún era un tabú, pero nos estábamos atreviendo a decir quiénes éramos y cómo queríamos serlo. Salir del clóset era lo que recién empezaban a hacer mis amigxs y, por ahí cerca, nos sucumbió el espanto y el dolor cuando mataron a Daniel Zamudio, nos aterrorizamos, sí. Vimos que la vida no se trataba solo de salir y mostrarse. Pero volver ahí, pensar en esos 17, 18, 19, 20 años… Rotos, fragmentados por lo que se recuerda y lo que no. Días, semanas, meses olvidados por los excesos y el nudo en la garganta del desamor. 

El nudo en la garganta hubiera sido exactamente igual. 

Hay conversaciones, hechos o miradas que te remueven. Estos días han sido de esos, donde la sensibilidad está a flor de piel, quizás por eso la exposición “Desbocadas. Yeguas del Apocalipsis. Retrospectiva”, me trajo estos recuerdos y dejó en mi garganta el mismo nudo lleno de tristeza. Pensé en mí, joven, llegando recién a la capital, yendo emocionada a ver esta exposición luego de haber leído prácticamente todas las crónicas de Pedro Lemebel y de haber incursionado en el archivo digital sobre las Yeguas, obsesivamente, leyendo cada palabra como si fuera un mar de realidad. Y entonces, me vi comprando pasajes a Santiago, preguntando a mi tía, esa amiga de mi mamá que veía de chica, si podía alojarme, convenciendo a algunxs amigxs, llegando a Santiago y todo para ver la muestra mientras ardía en sudor con los +30º de calor… ¿para qué? El nudo en la garganta hubiera sido exactamente igual. 

Yeguas del Apocalipsis, “Instalamos pajaritos como palomas en alambritos” circa 1990. Registro: Pedro Marinello.

Pensé en esos días en el Forestal, los primeros cafés y cervezas en Lastarria. Mi amor por el Utopía Restobar, que aún existe y tenía el nombre de ese libro que amé en la adolescencia. Caminé triste por aquella calle de adoquines pensando en ese dolor, en la amistad en la juventud y en la ingenuidad de creer que las instituciones podrían dar con el sentido de la creación lemebeliana. Cuanta ingenuidad.  

Décadas más tarde recorro las calles tratando de encontrar ese sentido, esa sensación de juventud, de osadía, de libertad. Con un helado del Emporio de la Rosa en mano, que se nos hacía tan exótico a lxs sureños en los 2000, sentí el mismo nudo en la garganta por el desamor, por la falta de cuidado, de respeto, de integridad. Ese dolor que ocasiona la violencia epistémica y que se disfrazaba de validación. Seguimos siendo exóticxs queridxs.

Añorando la escritura de la Pedra con esa crónica urbana neobarrocha (como indica Soledad Bianchi), en lugar de entrar al museo; mejor hubiera ido a leerle al Parque, que ya no tiene los puestos ambulantes. Mejor me hubiera quedado en casa para eliminar ese dolor imperioso. Mejor me hubiera quedado con lo que habita de su existencia en mi memoria. Mejor no hubiera comprado esos pasajes a Santiago, la gran ciudad, para creer ilusamente que la vida puede ser distinta o mejor. 

Sentí el mismo nudo en la garganta por el desamor, por la falta de cuidado, de respeto, de integridad. Ese dolor que ocasiona la violencia epistémica y que se disfrazaba de validación. Seguimos siendo exóticxs queridxs.


Quien no avanza, no cruza el río, dicen las influencers baratas en sus post de redes sociales donde creen mostrar el mundo de manera radical y revolucionaria. Que falta de respeto a las palabras, pensaba mientras el tiempo se superponía al caminar por Lastarria. Y recordé con nostalgia a las amistades que se han ido, tanta gente en Europa oiga. Pero ahí estaban y en lugar de tomarse el helado conmigo criticando sin descanso; me escribían por whatsapp preguntándome por lxs amores. Y tal como hace unas décadas, cuando una chica llamada Valeria ocupaba mis pensamientos y torturaba mi ansiedad; ahora hablábamos de esos amores que trastocan el cerebro y remueven el estómago con el deseo constante del sentir.