Mi vieja me escribe de vez en cuando, preguntando: ¿Dónde anda patitas calientes?, un apodo que me gané de adolescente, por inquieta. Ahora no sabría como explicarle de manera simple por qué estoy semidesnuda, con un abrigo hasta el piso en una ciudad donde no se habla español, decidiendo dónde es el after. Así que puedo comenzar por la primera noche de este viaje, porque si la vida se vuelve random y un jueves andas por el centro de Amsterdam, tienes que saber que existe un club queer llamado Church en el que puedes ahorrarte la entrada si entras completely naked. Ahí nos convence Moly, de ir como rematadero post fiesta de inauguración de un festival europeo. Ella es uno de esos amores trans de Argentina que como yo, le tocó decir adiós y migrar en mitad del horror del mandato de Milei.
En la entrada nos atendió un chico guapo de esos que me gustan a mí, con pinta de que tira fuerte y te prepara desayuno dulce a la mañana.
– Son 10 euros, nos dice en inglés.
Moly le explica que queremos acceder al free, se forma un silencio. Nos mira. Somos un grupo de 5 y en inglés nos advierte que “es completamente desnudxs”. Asentimos al unísono y se forma otro silencio. Insiste y agrega que no podremos volver a ponernos la ropa luego de ingresar. Asentimos un poco más efusivos y la pausa se vuelve a generar, no entendemos si hay un problema con nuestro inglés al decir “Yes, we know”. Insiste una vez más y decido intervenir.
Nos mira. Somos un grupo de 5 y en inglés nos advierte que “es completamente desnudxs”. Asentimos al unísono y se forma otro silencio. Insiste y agrega que no podremos volver a ponernos la ropa luego de ingresar.
– It’s ok, we are PORNOGRAPHERS, todo cambia en un segundo, su expresión se vuelve la de un amigo cercano que no nos veía hace un tiempo.
– ¡Ah! Son las del festival de porno.
– Yeeeeeesssss!, asentimos felices de que por fin ya no nos mira con desconfianza. Nos explica que suelen venir turistas en grupo, se hacen los cancheros y luego la incomodidad los devora. No ha de ser nuestro caso esta vez.
Ese quinteto ardiente de hispanoparlantes se encuentra ese jueves, en esa puerta, porque nos reúne el sexo, la pornografía y la amistad. Somos pornógrafes y esa noche se ha dado inicio al festival de porno de la ciudad: Porn Film Festival (PFF) Amsterdam en un squat del centro llamada Vrankrijk que es el punto de encuentro para quienes hemos llegado a la ciudad desde diversos puntos de Europa y para quienes viven allí. Esta noche será entonces el inicio de una travesía de viejos y nuevos amigues que gozan de grabar, pararse frente a la cámara, idear narraciones explícitas y fabular otras formas de producir cine, una travesía arriba de una bici prestada que finalmente me llevará a cumplir una de mis fantasías más esperadas en una ciudad que ya en su bandera carga la XXX como emblema.

El PFF Amsterdam cumple 3 años, el corto que terminé recientemente queda seleccionado para tener estreno en el bloque de Trabajo Sexual (TS) y sé que un grupo de amigues migrantes chilenxs que viven entre Barcelona y Berlín viajarán. Decido comprar los pasajes con lo que me pagarán por dar una clase sobre prácticas eróticas, sumo a Gemma, mi compa del proyecto LA ONCE Merienda y Porno – productora que entrevera videoclub posporno, performance, producción audiovisual e investigación académica-. Coordinamos para dormir esos días en casa de Raquel, una voluntaria del evento con quien cruzamos algunos mails sin conocernos y quien nos avisa que, además de su cama, dejará para nosotras unas bicicletas para usar.
El festival ocurre durante cuatro días de proyecciones en diversas salas y espacios culturales como Cavia, Clifford y De Richel. Además de los bloques de proyecciones que contienen materiales audiovisuales de diversas partes del mundo, también se realizan talleres, conversatorios y performances de manera simultánea. El FOMO (miedo a perderse algo), nos hace desear ir a todo, pero la lluvia, el cansancio y los tiempos que se superponen lo vuelven un poco imposible, también el valor del transporte público (6.000 pesos chilenos apróx.), que hay que costear cuando el viento de esa ciudad, llena de canales y edificaciones torcidas, nos hace imposible tomar las bicicletas.
“No Money No Honey”, es el bloque en el que se proyecta mi película, curaduría que reúne trabajos realizados por trabajadorxs sexuales tanto desde los temas a tratar, como desde la dirección y quienes están frente a la cámara como performers. Es el segundo año de esta decisión curatorial, y Lola Pistolas, performer porno de la comisión hispanohablante, lo celebra pidiendo la palabra desde el público, con la voz y el gesto tomado por la emoción a sala llena, sala que permite la visibilización y celebración de un oficio estigmatizado. Allí, entre butacas, organizadorxs, público, realizadoxs y putxs, en mitad del Q&A se vive la satisfacción de estar viviendo de manera activa un acontecimiento reivindicativo, en donde la posibilidad de ser sujetos discursivos con agenciamiento sobre los relatos que se exhiben transforma esa proyección no solo en un espacio colectivo de visualización, sino que es un momento de fervor en torno a la reapropiación de la mirada y la soberanía sobre nuestras imágenes y narrativas, donde el gesto desborda la pantalla y nos revela el presente de ese espacio, nuestra heterotopia puteril.
Foucault (1999) desarrolla la idea de un contra espacio o heterotopía, un espacio concreto, real y situado, donde las normas que organizan la vida social se suspenden, se invierten o se tensionan. La sala de cine donde nos encontramos en ese momento, deja de ser únicamente un dispositivo de exhibición para volverse un territorio donde se reorganizan las jerarquías de lo visible, donde quienes históricamente han quedado fuera del reparto de lo sensible (Rancier, 2014), reescriben sus propias imágenes en compañía de otres que gozan de ellas. Allí, el porno opera como un campo de disputa, en el que por 1 hora 40 minutos, nos permite pensar que hay una pequeña batalla ganada.
Es un momento de fervor en torno a la reapropiación de la mirada y la soberanía sobre nuestras imágenes y narrativas, donde el gesto desborda la pantalla y nos revela el presente de ese espacio, nuestra heterotopia puteril.
Es quién ha realizado la selección de cortos para este bloque, también quién esa tarde de domingo nos acompaña con el micrófono y dirige preguntas específicas hacia cada realizadorx que está en ahora frente a la pantalla de proyección con las luces de la sala en la cara. Me encuentro de pie, un poco nerviosa al lado de Menelas, director del FPP de Athenas, y entre el público hay amigues pornografes con quienes hemos compartido el festival y los bordes de él: Errada, Valentina del Panteón, Jorge el Obsceno, Amadalia Liberté. He preparado una posible respuesta en inglés para poder contar sobre el cortometraje que estreno en ese festival y que tiene a NUBE y Elisa Massardo en cámara. La repito una y otra vez en voz alta de camino a la sala arriba de la bicicleta de Raquel, con la complejidad de la pronunciación y la altura de una bici a la que no le puedo ajustar el asiento. La pregunta que me hacen es otra, es una que me desestabiliza porque mi inglés no es del todo “bueno” para responder rápido, pero es una pregunta clave que creo que necesito responder en español con la traducción de Amadalia.
Todos los cortometrajes que vimos tienen explicitamente al trabajo sexual como el centro de la narrativa, pero mi cortometraje es otra cosa, es el registro de la performance de inauguración de la expo que tuve en la galeria Condesa en Buenos Aires hace un año. Con curaduría de Elisa, la participación de amigues y NUBE haciendo registro a cámara en mano, realizo una acción que expande el gesto medular de Baño de Mar a Medianoche, cortometraje principal de la expo y que permite la participación del público en el chorreo de 1 litro y medio de miel líquida sobre mi vagina para poder generar las piezas comerciales de ErotixXx: Carpeta_Restringida, unos frascos que reúnen la miel que ha avanzado por fuerza de gravedad y que son cerrados por mí al finalizar la acción. Pussy Honey, como llamo al cortometraje que estrenare ese domingo, tiene textos dentro de la narración visual que explica la performance a les espectadores: un diálogo entre el arte y el trabajo sexual. Mi respuesta me permite abrir a ese público de la sala algo de mi investigación actual, el deseo por ahondar en esos bordes o espacios liminales en donde el trabajo sexual y el arte se tocan y se difuminan, quiero que quién compre mi obra, aquél coleccionista de arte se transforme en un cliente, en mi cliente.

Mi respuesta me permite abrir a ese público de la sala algo de mi investigación actual, el deseo por ahondar en esos bordes o espacios liminales en donde el trabajo sexual y el arte se tocan y se difuminan, quiero que quién compre mi obra, aquél coleccionista de arte se transforme en un cliente, en mi cliente.
Ese es el último día del festival, tenemos la resaca de la noche anterior y no hemos descansado desde que llegamos el jueves así que decidimos tomarnos el lunes libre, porque les pornografes también tenemos derecho al ocio y al turismo en una ciudad que legalizó el consumo de trufas alucinógenas y el trabajo sexual en la Red Light District. Disfrutaremos entonces de nuestro último día en Amsterdam.
Participar de estos acontecimientos cinematográficos internacionales no es solo sentarse a ver cortometrajes durante horas y horas frente a una pantalla con salas llenas, también es disfrutar de esos otros bordes espacio temporales en donde el diálogo se instala, donde las discusiones se generan. Esos lugares en donde les amigues pornografes migrantes comen una mandarina bajo el único día soleado que nos toca, un lunes de risas explosivas y charlas que generan el deseo por colaborar en otros proyectos futuros porque sabemos que cuando tomemos los vuelos de regreso pasarán semanas o meses sin volvernos a ver.
El atardecer nos regala un escenario para repetir la foto grupal de Church, pero ahora vestidas, con los clásicos molinos de fondo y mi ansiedad controlada de querer llegar a realizar mi fantasía antes de tomar el vuelo de madrugada de regreso a Valencia.
Esa última noche quiero ser yo el cliente.

Me gusta mirar, muchas veces prefiero ser voyeur y es justo eso lo que quiero hacer para finalizar este viaje. Esas bicis prestadas nos llevan con Gemma a la última actividad que mi capricho desea realizar; quiero ser cliente en un peep show. Así es como como nombré a una serie de performances que forman parte de mi repertorio de acciones que cruzan arte y el trabajo sexual y la razón por la cual mi visita también es una visita de investigación en campo. Dentro de esta serie de performances, la primera invita al público a pagar por ver unas fotos que realizamos junto a Charlie Difero, fotos explícitas reveladas en un rollo de diapositivas y que es posible ver sobre un dispositivo de luz, entre mis piernas. La segunda performance de la serie se sitúa específicamente en uno de estos lugares. Pero hoy, de camino entre riachuelos y edificios ladeados, mi fantasía y mi objetivo es poder ser yo el cliente.
Entramos a The Sex Palace, hacemos la fila para la máquina que expende cambio en monedas e ingresamos las 2 en una pequeña cabina que contiene un pequeño banco, un vidrio grisáceo y una tragamonedas, metemos unos euros y frente a nosotras ese video se vuelve translúcido dejando ver que del otro lado gira una cama redonda en la que una trabajadora del sexo está sacándose la tanga. Pienso en ese recurso narrativo que me enseñaron en el primer año de la escuela de teatro cuando estudiamos a los griegos… in media res. También es posible ver las otras cabinas, casi todas son ocupadas por parejas que tienen el mismo gesto que nosotras, una mezcla de sorpresa, deseo e incomodidad. Ella también puede vernos, y clava sus ojos en nosotrxs mientras la miramos. Los euros deben ir a parar a la tragamonedas cada minuto y medio o el gris del vidrio volverá a distanciarnos de la trabajadora sexual. Después de un rato decidimos salir, agarramos las bicis de regreso a casa y disfrutamos de ese último viaje.
La noche está despejada y el frío es un tercer personaje en estos minutos finales de la travesía, miramos los canales con nostalgia porque mañana ya no estaremos ahí. Una voz interna me recuerda que a veces necesito escribir para no olvidar, que los recuerdos y los detalles pueden volverse grises como ese vidrio, pero que redactar una bitácora de viaje o una crónica encarnada, me permitirá traer al cuerpo de regreso aquellas sensaciones vividas, en la ciudad más al norte del hemisferio que he conocido hasta ahora.